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La teoría que predijo el algoritmo

En los años 60, Umberto Eco escribió un ensayo que todavía explica por qué discutimos sobre inteligencia artificial de la manera en que discutimos. Lo tituló Apocalípticos e integrados (1964), y en él describía dos reacciones típicas frente a la cultura de masas: los apocalípticos, que veían en la radio, el cine y la televisión una amenaza que embrutecía a la sociedad; y los integrados, que celebraban esos mismos medios como una democratización del acceso a la cultura, antes reservada a una élite. Sesenta años después, cambiamos “televisión” por “ChatGPT” y el debate es exactamente el mismo.

Eco no inventó esa tensión de la nada: la tomó, en parte, para discutir con la Escuela de Frankfurt, un grupo de filósofos y teóricos sociales alemanes que, desde los años 20, venía elaborando una crítica muy dura a la sociedad capitalista y a sus formas de dominación cultural. De ahí salieron pensadores como Theodor Adorno y Max Horkheimer, que acuñaron el concepto de “industria cultural” para describir cómo el capitalismo convertía el arte en mercancía estandarizada, diseñada para distraer y no para hacer pensar. Para ellos, el cine de Hollywood o la canción de radio no eran expresiones espontáneas del pueblo, sino productos fabricados por una élite económica para fomentar la pasividad y el conformismo. Era una mirada profundamente crítica —y, en el fondo, bastante pesimista— sobre el poder real que tenían las masas frente a lo que consumían.

Eco tomó distancia de ese pesimismo sin caer en el optimismo ingenuo de los integrados. En su análisis del mito de Superman, por ejemplo, mostró algo más sutil: un héroe que debe permanecer inmutable para seguir siendo rentable, atrapado en historias que “empiezan de nuevo” en cada episodio sin poder evolucionar jamás.

Ahí hay, a la vez, una crítica (ese personaje refuerza el statu quo y nunca cuestiona el sistema) y un reconocimiento de que el consumidor de cultura de masas no es necesariamente un sujeto pasivo e indefenso. Para Eco, la pregunta correcta no era “¿la cultura de masas nos salva o nos condena?”, sino cómo se construye el sentido crítico de quien la consume.

Esa tercera posición —ni apocalíptica ni integrada, sino activa y crítica— es, me parece, la única que sirve hoy para pensar la inteligencia artificial. Los apocalípticos actuales hablan de pérdida de empleo, de autonomía delegada en algoritmos, de un pensamiento crítico que se atrofia porque la respuesta ya viene servida. Los integrados hablan de democratización del conocimiento, de productividad, de una herramienta que por fin pone al alcance de cualquiera lo que antes exigía años de
formación o mucho dinero. Ambos tienen razón en parte, y ambos se equivocan si se quedan solo con su mitad del argumento.

Lo que Eco entendió hace sesenta años, y que vale la pena rescatar ahora, es que la tecnología nunca es neutral ni es, por sí sola, el problema o la solución. Lo que define el resultado es el uso: si nos volvemos consumidores pasivos de lo que la máquina nos entrega, o si mantenemos activa la capacidad de preguntar, cuestionar y elegir. La Escuela de Frankfurt nos legó la alarma necesaria; Eco, el antídoto contra la parálisis que esa alarma puede producir. Entre esas dos tradiciones hay
una brújula bastante útil para transitar, con los ojos abiertos, la revolución que estamos viviendo ahora.

*Lic. Gabriela Wilensky, Gestora Cultural