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Durante más de 35 años, Débora Staiff trabajó detrás de escena de la cultura argentina. Fue productora ejecutiva, funcionaria, gestora cultural y curadora. En 2002 creó la productora Indigo y también ocupó distintos espacios de gestión cultural en los ámbitos nacional y de la Ciudad de Buenos Aires, entre ellos, fue creadora y productora general de BAFICI. Después de atravesar un cáncer, en 2019 decidió cerrar su productora y volver a una práctica que la acompañaba desde los seis años: el bordado.

Su obra explora la técnica ancestral del sashiko aplicada de un modo contemporáneo. “Al tratarse de una técnica de bordado originaria del Japón del siglo XVI y surgida en la clase trabajadora, el sashiko me permite, tanto desde lo formal como desde lo filosófico, pensar estos sistemas no sólo desde lo estético sino también desde el uso puntual de los recursos disponibles”, explica.

Desde hace algunos años trabaja la transformación desde distintos aspectos: la gestión de las heridas, la modificación de patrones y, actualmente, desarrolla un proyecto sobre la transformación en procesos migratorios y materialidades. El proceso creativo integra otros medios como la fotografía y documentos de archivo, por lo que usualmente crea sistemas que articulan obra, sonidos, objetos y video. “Me inspira la naturaleza, sus ciclos, su geometría, su transformación y la relación entre tejido y texto. Las temáticas que abordo y bordo incluyen la construcción de la memoria, el tiempo, la transformación como proceso y el concepto de repetición. Mi trabajo tiene características abstractas y pictóricas”, agrega.

También piensa el color como si fuera pintura. A partir del bordado construye superposiciones, efectos distorsivos, volúmenes y límites indefinidos. Trabaja a mano grandes superficies sobre telas naturales, con hilos de algodón, seda y metálicos. El tránsito del detalle a la imagen final es, para ella, una parte fundamental de su discurso. Su producción incluye instalaciones de gran formato al aire libre, obras bidimensionales en diversos tamaños e intervenciones de objetos e indumentaria.

Lo que comenzó como un regreso a una actividad de la infancia terminó convirtiéndose en una nueva manera de mirar y de crear. Su acercamiento al sashiko —una técnica japonesa tradicional utilizada para remendar y reforzar tejidos— derivó en una versión libre, alejada de las reglas, donde aparecieron mapas inventados, topografías, texturas, líneas y superposiciones. En ese proceso encontró una idea que hoy funciona casi como una declaración de principios de su obra: el error se convierte en patrón.

Ese recorrido empezó a encontrar también un lugar concreto dentro de la escena artística contemporánea. En 2024 presentó “De crisálida y vuelos de mariposa”, su primera exposición en Argentina, curada por Claudia Lala, de Lala Contemporary de Toronto. La muestra forma parte de La fortaleza de la fragilidad, un proyecto que comenzó en 2023 con la instalación ¿Hay viento en el desierto?, realizada en el desierto de Atacama.

Pero esta muestra comenzó un tiempo atrás. Durante su tratamiento atravesó 16 sesiones de quimioterapia. Después de cada una, salía a caminar y recogía una pequeña piedra. Una por cada sesión. Tiempo después, esas piedras comenzaron a ser liberadas en distintos lugares del mundo. Cada una encontró un paisaje y cada paisaje quedó registrado en una fotografía y acompañado por un texto. Esas imágenes se convertirían luego en obras textiles, en un proceso en el que el territorio, la memoria y la experiencia personal empiezan a entrelazarse. El paisaje se vuelve trama; la trama, memoria; y la memoria, obra.

La crisálida es, en ese sentido, mucho más que una metáfora de transformación: es el espacio necesario para revisar las propias formas antes de salir convertida en otra. Y quizás allí esté la clave para entender esta nueva etapa. La vida como artista no supone abandonar a la gestora cultural que fue, sino llevar todo ese recorrido hacia otro lugar. Después de pasar tantos años haciendo posible que otros artistas ocuparan el centro de la escena, Débora Staiff decidió finalmente ocuparlo ella misma. Lo hace con los materiales que siempre estuvieron cerca —una aguja, un hilo, una piedra, un paisaje— y con una historia propia que, por primera vez, es ella quien elige contar.

Actualmente artista de VALK Gallery, Staiff participó de muestras individuales y colectivas, clínicas, eventos especiales y ferias como las ediciones 2025 y 2026 de Arte Pequeño Formato, la muestra que reúne a galerías y artistas de todo el país con una propuesta diferente, en el Museo de Arquitectura y Diseño MARQ.

En marzo de 2026, Staiff participó junto a la artista visual Mariana Jasper de Alegato de lo sutil, la muestra inaugural de Colección Rivarola – El Local, el nuevo espacio impulsado por Mariela Ivanier en el histórico Pasaje Rivarola de Buenos Aires. Curada por Ana Stjerne, de VALK Gallery, la exposición reunió dos lenguajes aparentemente diferentes —el dibujo y el bordado— para explorar cómo los gestos mínimos pueden abrir universos interiores, ficciones, promesas y posibilidades. La inauguración convocó a casi 500 personas, una cifra significativa para la apertura de un nuevo espacio de arte y una señal del interés que despertó la propuesta.

En Alegato de lo sutil, presentó los amuletos que integraron Cielo Protector, una intervención en vidriera realizada en Madagascar Objetos de Arte en septiembre de 2025. Para Staiff, esta muestra significó también una instancia de visibilización de su obra dentro de la escena del arte contemporáneo.

Así, el verdadero lado B de Débora Staiff quizás no sea simplemente haberse convertido en artista después de una extensa carrera en la gestión cultural. Es haber descubierto que aquello que durante décadas hacía para otros —construir relatos, conectar disciplinas, acompañar procesos y generar espacios para que las obras sucedieran— también podía ponerse al servicio de una búsqueda propia. Su reciente participación en Alegato de lo sutil confirma ese desplazamiento: la mujer que durante tantos años trabajó detrás de escena empieza a ocupar, ahora, otro lugar dentro de la escena artística. Y lo hace con los materiales que transformaron su propia historia: una aguja, un hilo, una piedra, un paisaje y la posibilidad de convertir el error en un nuevo patrón.