Cuatro artistas plásticos que decidieron llevar el gesto del pincel al sonido. Entre el post-punk, el shoegaze y la experimentación visual, Los pintores construyen una banda donde cada canción funciona como una obra.
En el mundo del arte contemporáneo hay una palabra que aparece una y otra vez: proceso. De procesos hablaban durante años Ricky Crespo y Emilio Fatuzzo —Fatu para los amigos— cada vez que se encontraban entre muestras, talleres y charlas sobre pintura. Hasta que un día la conversación giró. Fatu confesó que había sido baterista. Ricky, que componía canciones y cantaba. La idea apareció casi como un chiste: hacer una banda.
Faltaban músicos, claro. Pero también ocurrió algo inesperado. El bajista apareció en la figura de Willie Rommel, conocido primero como artista plástico antes que como músico. Más tarde se sumó Kalil Llamazares en guitarra principal. Cuando advirtieron que los cuatro compartían el mismo territorio —la pintura y las artes visuales— el nombre surgió con naturalidad: Los pintores.
La banda se formó en Buenos Aires poco antes de que la pandemia pusiera todo en pausa. Ese tiempo suspendido funcionó, sin embargo, como incubadora: ideas, maquetas y una decisión estética clara. Ricky Crespo en voz y guitarra rítmica, Emilio Fatuzzo en batería, Willie Rommel en bajo y Kalil Llamazares en guitarra principal comenzaron a construir un lenguaje propio.
Arte que suena
Aunque todos trabajan la pintura, cada integrante expande su práctica: Crespo desarrolla objetos y pequeñas esculturas, Fatuzzo trabaja en murales y Llamazares junto a Rommel exploran instalaciones. Esa diversidad no queda afuera de la banda: se convierte en su motor.
Los pintores conciben cada show como un espacio de creación. Generan visuales, piensan la puesta y sostienen una regla casi manifiesto: reunirse para hacer canciones propias. Sin covers. La banda como taller.
Musicalmente, el grupo se mueve entre el post-punk, el shoegaze y el rock alternativo, pero también reivindica la tradición melódica de The Beatles. Muchas composiciones nacen en la sala de ensayo a partir de jams, donde el clima pesa tanto como la estructura. La búsqueda no es solo escribir temas, sino provocar la misma experiencia emocional que produce una obra visual.
En ese cruce aparece una referencia inevitable: la idea de banda-arte total que alguna vez encarnó The Velvet Underground.
Entre galerías y amplificadores
El recorrido en vivo de Los pintores refleja su identidad híbrida. Tocan en bares y espacios musicales de la ciudad, pero también en galerías, inauguraciones y muestras —propias y de colegas— donde el recital se vuelve parte de una exposición.
El formato cambia según el contexto: electricidad y volumen en escenarios grandes; versiones más acústicas e íntimas cuando el espacio invita a la cercanía. La banda se adapta sin perder su núcleo: canciones pensadas como atmósferas.
El primer disco
El presente del grupo está enfocado en el estudio. Los pintores trabajan en la grabación de sus canciones con Macabre y Agustín Rocino, ex integrantes de Catupecu Machu, en un proceso que apunta a la construcción de su primer álbum completo.
Más que un simple debut, el disco aparece como la consolidación de una idea: trasladar aquello que sucede en el arte visual —la contemplación, la textura, el tiempo— al lenguaje musical.
Los pintores no buscan ilustrar canciones ni musicalizar cuadros. Buscan otra cosa: que una canción pueda mirarse, que una imagen pueda escucharse, que el proceso siga abierto. Porque para ellos la banda no es un proyecto paralelo al arte. Es el mismo gesto, pero en otro medio.